Marruecos

Marruecos 7

 El Reino de Marruecos, en el norte de  Africa, es un país islámico escogido por muchas viajeras debido a sus paisajes  naturales e importantes manifestaciones culturales e históricas.  El actual territorio del país fue ocupado desde tiempos de la prehistoria. Más tarde, dada su ubicación estratégica en el Mediterráneo, fue lugar de constantes intercambios culturales con romanos, visigodos y bizantinos. Como destino ofrece escenarios dignos de películas de aventuras, como el desierto del Sahara, palmerales, el Valle del Dadès con los picos nevados del Gran Atlas a lo lejos,  ciudades vibrantes como Marrakech o marineras como Essaouira. La amabilidad y hospitalidad tradicional marroquí, la gastronomía y la excepcional experiencia de comprar en un zoco son argumentos a los que pocas viajeras pueden negarse.

Aquella Marrakech

Fundada por los almorávides hacia el año 1050, Marrakech fue punto de partida para sus expediciones de conquista por el norte de África y la Península Ibérica. Un siglo después, en el xii, sus rivales almohades la arrasaron para volver a construirla, y de esa época aún perviven la gran mezquita de la Kutubía y su minarete –símbolo de Marrakech–, parte de las murallas de la tierra rojiza autóctona que le da su apodo y los Jardines de la Menara, justo entre el aeropuerto, el olivar y la medina.

Al Jemaa El Fna

Todos los caminos y calles llevan en Marrakech a la inmensa y concurrida explanada de Djemaa el Fna.

La mayor plaza de África filtra y bombea el flujo de vecinos, mercaderes y turistas que van y vienen por las anchas avenidas de la ciudad nueva y se adentran en la red capilar de de la medina, donde se mezclan en un mismo tapiz sonoro la algarabía de los zocos, el silencio de los patios en las residencias privadas, las fuentes de los grandes palacios y las cinco llamadas diarias a la oración de los muecines desde los alminares de las mezquitas.

Maravillas al interior de las mezquitas

Como es habitual en la arquitectura islámica, la austera fachada de sus edificios reserva las maravillas del interior para quienes traspasen el umbral. El viajero únicamente podrá percibir el verdadero carácter de Marrakech al visitar palacios como el Dar el Bacha o el de la Bahía, el Museo de Marrakech o el de las Confluencias, el Jardín Secreto y la madrasa Ben Youssef. Pero en especial si se aloja o cena en uno de los numerosos riads de la medina y disfruta de su atmósfera serena, desde el más sencillo hasta el más espléndido, ya sea una vivienda particular o un edificio palaciego como el que alberga el Museo de las Artes Marroquíes Dar Si Said.

Desierto del Sahara

Nos acercamos al Sáhara, y es que nuestro viaje no puede pasar por alto la experiencia del desierto. Ningún otro lugar para ello como Merzouga, con sus legendarias dunas rojas, donde se pueden realizar varias actividades, desde montar en camello por sus crestas hasta surfear las olas de arena en una tabla o recorrerlas a bordo de un vehículo todoterreno. Pero la verdadera esencia del desierto reside en el silencio y en la comunión con la pureza del paisaje y la sencillez de sus moradores.

De noche, basta con alejarnos unos metros del albergue de adobe en que nos alojemos o retirarnos unos pasos de la jaima en el campamento para impregnarse de la plenitud del cielo, de la luna y de las estrellas y atesorar para siempre esa experiencia en la memoria.

Fez

La ciudad de Fez queda divida en tres zonas diferenciadasFez el-Jdid, lugar que aglutina el Mellah (nombre con el que se conoce a La Judería); la Ciudad Nueva, donde se estilan los cafés parisinos nacidos en los tiempos de la colonización y, especialmente, la Medina Fez-el Bali, la zona más antigua de la ciudad rodeada de murallas que alcanzan hasta los 15 kilómetros de extensión. Esta última, en concreto, supone la principal atracción a la hora de perderse en la esencia que vinimos a buscar a ese exótico Marruecos desde el primer momento en que atravieses Bab Bou Jeloud, la icónica puerta de entrada a la Medina, también conocida como Puerta Azul.

 

Designada Patrimonio de la Unesco dada su condición como zona peatonal más grande del mundo, la Medina de Fez conforma una celosía urbana de 9.000 callejones donde se forja un paraíso del comercio y el regateo: artesanos elaborando lazos de miel, gallos vivos esperando su turno en la carnicería, o puestos de especias, alfombras y babuchas .

A continuación, alguien te llevará entre calles que se estrechan aún más y subirás las escaleras que te descubrirán la presencia del secreto mejor guardada de Fez: la Curtidería Chouwara, un espectáculo de tintes naturales alimentados con excremento de pichón en los que diferentes familias (una por tinte) remueven el viejo arte de tintar cuero de camello o cordero. Una excusa para acceder a todos los productos derivados de la mayor de las cuatro curtidurías de Fez sin olvidarnos del principal aliado: una ramita de hierbabuena para paliar los odores de la tradición.

La ciudad Azul : Chefchaouen

En el norte de Marruecos, en uno de los parajes más bellos de las montañas del Rif, surge esta ciudad de calles estrechas y casas pintadas de blanco y azul.

En la Medina se ofrece todo tipo de artesanía y productos. El paseo por sus calles se ve amenizado por las coloristas tiendas y por el trabajo de los artesanos, muchos de los cuales tienen su propios talleres en el barrio antiguo de la ciudad.

Las calles de Chaouen destilan tradición y la forma de vida de los habitantes del Rif se adivina en la indumentaria de las mujeres, vestidas con el traje tradicional de rayas blancas y rojas y sus vistosos sombreros de paja con borlas de lana. En la plaza del Mercado, estas mujeres venidas del campo extienden sus productos: hortalizas, fruta y especies se alinean en un festival de color que compite con el de los puestos de artesanía marroquí.

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